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Charles Bukowski / ¿Dónde andaba yo?

no sabía de dónde venía  ni adónde  iba. andaba perdido. solía sentarme  en umbrales ajenos  durante horas, sin pensar  sin moverme  hasta que pedían  que me largara. no quiero decir que fuera un  idiota o un  imbécil.  lo que  quiero decir es que  no me  interesaba. me daba igual si tenías intención  de matarme  no te lo impedía. llevaba una existencia que  no tenía el menor sentido para  mí.  encontraba lugares donde alojarme. cuartos alquilados. bares. cárceles. el sueño y la indiferencia parecían  las únicas  posibilidades. todo lo demás era  absurdo. una vez estuve toda la noche sentado mirando  el Río Mississippi. no sé por qué. el río pasaba por allí y  lo único que recuerdo es que  apestaba.  por lo visto, siempre estaba  en un autobús que cruzaba el país camino de  algún sitio.  mirando por una ventana  sucia la  nada más  absoluta. siempre sabía exactamente cuánto dinero  llevaba encima. por ejemplo: uno de cinco y dos d
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Fernando Pessoa, Oda a la noche [por Álvaro de Campos

Dos fragmentos de las odas ........................ Ven Noche antiquísima e idéntica, Noche Reina destronada al nacer, Noche igual por dentro al silencio, Noche Con las estrellas, lentejuelas fugaces En tu vestido bordado de Infinito. Ven vagamente, Ven levemente, Ven sola, solemne, con las manos menguadas De lado, ven Y trae los montes distantes al pie de los árboles cercanos, Funde en un campo tuyo todos los campos que veo, Haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo, Atenúale todas las diferencias que veo de lejos, Todos los caminos que la suben, Todos los distintos árboles que la hacen verde-oscura a lo lejos, Todas las casas blancas y con humo entre los árboles, Y deja sólo una luz y otra y otra más, En la distancia imprecisa y vagamente perturbadora En la distancia súbitamente imposible de recorrer. Señora nuestra De las cosas imposibles que buscamos en vano De los sueños que vienen a nosotros al crepúsculo a la ventana. De los propósitos que nos ac

Julio Cortázar, Bolero

Qué vanidad imaginar que puedo darte todo, el amor y la dicha, itinerarios, música, juguetes. Es cierto que es así: todo lo mío te lo doy, es cierto, pero todo lo mío no te basta como a mí no me basta que me des todo lo tuyo. Por eso no seremos nunca la pareja perfecta, la tarjeta postal, si no somos capaces de aceptar que sólo en la aritmética el dos nace del uno más el uno. Por ahí un papelito que solamente dice: Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte. Y este fragmento: La lenta máquina del desamor los engranajes del reflujo los cuerpos que abandonan las almohadas las sábanas los besos y de pie ante el espejo interrogándose cada uno a sí mismo ya no mirándose entre ellos ya no desnudos para el otro ya no te amo, mi amor. Julio Cortázar, Salvo el crepúsculo

Carta de Emil Cioran a Fernando Savater, sobre Borges

París, l0 de diciembre de l976 Querido amigo: En noviembre, durante su visita a París, me pidió usted que colaborase en un libro de homenaje a Borges. Mi primera reacción fue negativa; la segunda... también. ¿Para qué celebrarlo cuando hasta las universidades lo hacen? La desgracia de ser conocido se ha abatido sobre él. Merecía algo mejor. Merecía haber permanecido en la sombra, en lo imperceptible, haber continuado siendo tan inasequible e impopular como lo es el matiz. Ese era su terreno. La consagración es el peor de los castigos para el escritor en general y muy especialmente para un escritor de su género. A partir del momento en que todo mundo le cita, ya no podemos citarle o, si lo hacemos, tenemos la impresión de aumentar la masa de sus «admiradores», de sus enemigos. Quienes desean hacerle justicia a toda costa no hacen en realidad más que precipitar su caída. Pero no sigo, porque si continuase en este tono acabaría apiadándome de su destino. Y tenemos sobrados motiv

Mario Benedetti, Poste restante

Durante varios años, Verónica me había escrito una carta mensual. No diré que yo las olvidara, pero tal vez se hubieran quedado escondidas en el tedio del pasado de no sobrevenir la obligación de mi mudanza.  Estuve tres días vaciando roperos y armarios y de uno de éstos se desprendió una maleta que no tenía candado y en consecuencia se abrió al tocar el suelo. Y allí estaba el atado con las cartas que Verónica mandaba regularmente a mi casilla de correo. Quizá yo estaba cansado con tanta calistenia de traslado, pero al mismo tiempo me picó la curiosidad y me vinieron ganas de releer aquellas cartas de ayer y de anteayer. Aquí transcribo algunas: Hola Martín: Aquí estoy en la terraza, sola, frente a la costa. No hay viento, el mar está quieto. Una confesión: la soledad ha dejado de herirme. Mejor aún: me permite revisar, casi diría descifrar, mi pasado sin gracia. En un platillo de la balanza coloco mis odios; en el otro, mis amores. Y he llegado a la conclusión de que las cica

Tres poemas de Fernando Pessoa

Hay dolencias peores que las dolencias Hay dolencias peores que las dolencias, hay dolores que no duelen, ni en el alma pero que son dolorosos más que los otros. Hay angustias soñadas más reales que las que la vida nos trae, hay sensaciones sentidas sólo con imaginarlas que son más nuestras que la misma vida. Hay tantas cosas que, sin existir, existen, existen demoradamente, y demoradamente son nuestras y nosotros... Por sobre el verde turbio del ancho río los circunflejos blancos de las gaviotas... Por sobre el alma el aleteo inútil de lo que no fue, ni puede ser, y es todo. Dame más vino, porque la vida es nada. Tu voz habla amorosa... Tu voz habla amorosa... Tan tierna habla que me olvido de que es falsa su blanda prosa. Mi corazón desentristece. Sí, así como la música sugiere lo que en la música no está, mi corazón nada más quiere que la melodía que en ti hay... ¿Amarme? ¿Quién lo creería? Habla con la misma voz que nada dice si eres una música que arrulla. Yo oigo, ignoro,

Coplas de sabor popular - Fernando Pessoa

Canciones de portugueses son como barcos en el mar— van de un alma a otra con riesgos de naufragar. Si ayer a tu puerta más triste el viento pasó— mira: llevaba un suspiro... Ya sabes quién lo mandó... Tienes una rosa en la mano. No sé si es para dármela. Las rosas que tienes en la cara, esas bien sabes guartártelas. Adiviné lo que piensas sólo por saber que no era alguna de las cosas inmensas que mi alma siempre espera. Tenías un peine español en el cabello portugués, mas cuando te miraba el sol, eras sólo quien Dios te hizo. Todos los días que pasan sin que pases por aquí son días que me desgracian porque me privan de ti. Tengo un librito en donde escribo cuando me olvido de ti. Es un libro de pastas negras en donde aún nada escribí. Le di un beso junto a la boca porque la boca se me hurtó. La idea acaso fue loca, lo malo fue no acertar. ¡Qué me ímporta por donde anduviste todo este día! Nunca bien hace quien se esconde... pero ¿adónde fuiste, María? >Eres María de la Piedad, p